[ autocensura ]

Laberinto

Abril 1, 2007 · Deja un comentario

Mantener la vista al frente jamás le había resultado tan complejo. Los ve avanzar, y ella sin poder moverse. La oscuridad lo cubre todo, caminos y veredas; detrás, un fuego calienta a las personas que en él se regocijan. Son tiempos difíciles.

Lo que alguna vez fue una ciudad hermosa y próspera ahora caía en pedazos, en trocitos imposibles de restaurar, de componer y volver a pegar. De los cimientos ya no quedaba nada. Los edificios, las casas y hasta el pavimento desaparecía; la tierra lo tragaba. Las cenizas y la bruma nublan los ojos al día, cuando anochece las estrellas no alumbran. Al sol le cuesta tanto salir. Y las personas, las personas vuelven al salvajismo, a la guerra, a la indiferencia. A la soledad. La soledad que es la única constante, no cambia en este mundo resquebrajado. En esta tierra contaminada, invadida por la ansiedad.

Sus padres continúan andando delante de ella, no pueden permanecer ahí. Tienen que salir, huir, escapar de ahí. Ella ahora abandona su hogar, todo lo bello que un día conoció. La luz del sol que ya no emerge. Y atraviesa ese camino pedregoso que alguna vez fue una hermosa calle rodeada por casas, árboles y sonrisas radiantes. De eso ya no queda nada. Un árbol marchito, el desierto, animales salvajes y podredumbre.

Si el mundo jamás fue un lugar justo en el que vivir, este día, en esta época parece sólo un lugar donde morir. Mira hacia atrás por un instante, sólo por un breve instante. Las personas que dejan detrás apilan la madera que encontraron para alimentar el fuego. Cada vez hay menos leña, cada vez hay más frío. Están juntos, con los rostros sucios, la ropa desgarrada, las almas viejas. Están juntos, limpian y trabajan, intentan sobrevivir. Luchan por las escasas esperanzas, las vanas esperanzas de vivir.

Vuelve los ojos al frente de nuevo. Nada, no hay nadie, no hay nada. Sus padres… corazón palpitante, el corazón dejando el pecho, saliendo por la garganta, la garganta hecha un nudo, las manos heladas. Sus padres. Corre, corre con una fuerza desconocida, se deja llevar por la adrenalina. Vuelve al campamento, al fuego, vuelve al lugar ajeno, al lugar de exilio. Vuelve atrás.

“¡Mis padres!” Grita. “Mis padre” murmura, pregunta y pide. Un fantasma, un mal presagio. Nadie responde, ella no existe. Al suelo, pide a la tierra, ¡ábrase la tierra! “Mis padres” De nuevo. Alguien la mira, ojos familiares posándose en ella, ella da firme un paso al frente. Alguien la mira, alguien le habla. Los ojos se ensanchan, se dilatan. Un calor. La calidez en su corazón. Por su pecho, una sombra recorriendo su cuerpo. Ya no siente, ya no duele, ya no existe.

Ya no ve.

Abril 2007

Categorías: relato ·
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