I
Ella lo amaba. No sabía por qué, pero lo amaba. Incapaz de comprender, le daba vueltas mil veces al asunto en su cabeza. No era por su físico, pobre ser escuálido que carecía de atractivos visuales; tampoco por su donosura, siendo ésta más ignavia que cualquier otra cosa. Parecía derviche con esa forma de andar por el mundo, jamás proceloso y siempre con una calma que desesperaría hasta a un santo. En resumidas cuentas, todo un maula. Por Dios, que más bien parecían razones para dejarlo. Y así lo hizo. Alistó su maleta, soltó su cabellera y salió por la puerta.
II
“Ahora yaces bajo una lápida–
quieta, más allá del frío,
más allá de los voltios azules, más allá
de tu luna pertubadora.”
- Sylvia Plath -
Con tu tempestad en la cabeza, inerte. No sabes lo que acontece, el mundo pierde color y la torpeza en tus manos no entiende. Tan bello fue el sueño que al atisbar la mirada en el fuego como gresca trágica de un frugal encuentro,, sabes que la vida si fuera más corta no tendría sentido. Delirio, vomito eterno. La eterna, trágica, puta muerte. Tus manos temblando desgarran el pecho, girones de piel y la sangre brotando. Debajo de las uñas el sabor más amargo, en la lengua tu peste y los ojos en blanco.