Había una vez una pequeña princesa que creía vivir en un cuento de hadas. Su casa era pequeña y no habitaba un mundo color rosa, pero sus ojos eran del castaño más lindo que te podrías imaginar. Cada cosa, deseo y sueño eran suyos por arte de magia, como si hubiera una fuerza más allá de la naturaleza obligándola a ser feliz. Y a veces lo era. Pero la mayor parte del tiempo sentía que su vida no merecía, y hablaba de una manera tan terminal, que parecía el mundo iba a acabarse mañana. Y a veces lo hacía.