“¿Cuántos años quieres tener cuando mueras?” El silencio reinó en la habitación, sólo la respiración pesada de quien estaba postrado en la cama se sostenía. Él, con sus ojos azules, tranquilo, esperaba la respuesta de su hijo menor. Su hijo menor, tan distinto a él, tantos años menos y sin embargo, tan doblegado. Los padres jamás deberían morir.
“Setenta” apenas dijo con un leve suspiro. Los ojos miel llenándose de lágrimas. Su padre ahí, y él sin poder hacer nada. La vida agriándosele, y él sin hacer nada. Los ojos azules brillaron, una mueca semejante a la sonrisa. El esfuerzo le dolía.
“Cuando tengas setenta, y te encuentres como yo, sólo vas a querer una cosa: quince años más.” Porque la vida no es nada, y te das cuenta que la tienes justo cuando está caducada. Luchas entonces por cada bocanada de aire, y que ni el cielo o la tierra te arrebate ese derecho. Hasta la muerte, por la vida.